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Escribe: Hugo Tafur
La historia protagonizada por una mujer peruana nacida en Sullana, “La Perla del Chira”, y un ciudadano japonés al promediar el s.XX, es para ponerlo en un marco de oro, porque cualquiera que la conozca, se llenará de ternura y admiración, orgulloso de contarlo como un caso emblemático de amor, valentía y fidelidad de la mujer norteña de nuestra patria. La heroína de nuestra historia, se llamó: Micaela Milagros Castillo Pacherres, y cuando llegó el momento de tomar una decisión, puso toda la carne en el asador por el amor de su vida, un inmigrante japonés llamado Mantaro Kague. Este ciudadano nipón, llegó a nuestro país, posiblemente en la segunda década del siglo veinte, época en que Latinoamérica y de manera particular el Perú, era destino anhelado para los inmigrantes japoneses que venían contratados como agricultores para las haciendas de la costa.
Cuando conocí esta bella historia, me prometí escribirla algún día, pero jamás me imaginé que al venir a Japón, conocería a los descendientes (*)1 de esta pareja singular, cuya actitud frente a las circunstancias que la vida les puso como prueba, respondieron con lealtad y nobleza superlativa, que elevó su relación a niveles de heroicidad, digna de ser recordada. Estos hechos ocurrieron, mientras el mundo se sacudía de terror, con los disparos y cañonazos de la 2da. Guerra Mundial y los hombres regaban con su sangre y abonaban con sus cuerpos los campos de Europa.
Siempre me he preguntado, qué extraña fuerza convoca a dos seres humanos, para en un momento dado de su vida, cruzarse en el camino de otro que nunca hemos visto y enamorarnos de ese ser hasta el grado de desear compartir nuestra existencia junto a él o ella; algo así ocurrió con Micaela y Mantaro, el azar en su inconmensurable casualidad, actuó caprichosamente para hacer coincidir sus caminos de modo increíble. Pienso que en su caso, como luego veremos, había condiciones de tiempo y espacio que más bien los separaban que unían… y sin embargo.

Se dice que para el amor no hay edad, este caso lo confirma. Mantaro Kague, nació en el año 1890, en la Prefectura de Fukuoka, Japón; nuestra paisana, Micaela Castillo Pacherres, en el año 1913, en la cálida ciudad norteña de Sullana, Piura-Perú; es decir, había una diferencia de edad de 23 años, y geográficamente, una distancia abismal entre ellos, con el Océano Pacífico de por medio, de por lo menos 14, 700 Km. en línea recta entre Tokio, Japón y Piura, Perú. Ninguna de estas dos barreras fueron una muralla insalvable, la diosa fortuna seguía jugando sus cartas para hacer converger los caminos de estos dos seres. Luego de cumplir como bracero contratado en la hacienda Paramonga, Mantaro, se hizo peluquero en el Callao, y un día llevado por ese espíritu de aventura que lo trajo desde el “País del Sol Naciente”, abordó una nave que se llamaba como él, “Mantaro”, y que lo condujo hasta el puerto donde había nacido nuestro héroe máximo, don Miguel Grau Seminario… Ahí, en Paita, Mantaro empezó a transitar el camino que lo llevaría hasta la mujer de su vida.
Para cualquiera, llegar a un lugar desconocido y afincarse en el y tener trabajo, es un reto difícil, sin embargo, no para un oriental habilidoso y decidido como Mantaro Kague, quién después de recorrer la zona, eligió Chulucanas para instalarse. En esa época, Chulucanas, era un lugar bastante transitado ya que estaba ubicado en la antigua carretera Panamericana Norte, así que Mantaro, ejercitado en el arte culinario, instaló un pequeño restaurante en un lugar extratégico. Luego, con el trajinar del día a día, Mantaro, conoció a la joven Micaela Castillo Pacherres, quién, como toda joven piurana, era experta en la cocina norteña, y le reveló sus secretos, originando la preferencia del público; el inmigrante se prenda de la joven piurana y después de un corto romance, deciden unir sus vidas para siempre en el año 1929. Se cuenta como detalle jocoso, que Mantaro, en la cúspide de la felicidad y en el convencimiento de lo delicioso de la cocina que expendía, manda pintar un rótulo que cuelga en la fachada de su restaurante: “Coma rico, donde Kague”. Publicidad comercial, que por muchos años, fue motivo de hilaridad y anécdota en Piura.
Diez años intensos de alegría, trabajo y felicidad, vivió la pareja; con ello, siete hijos colmaban la dicha de los padres: Augusto, Francisca, Parcemón, Nelly, Rosario, Julio y Guillermo, iluminaban el hogar de los Kague – Castillo; de pronto, ese escenario de paz y tranquilidad comenzó a ensombrecerse pese a que ya desde 1931, se conocía que se libraba guerras en China y Mongolia, estas no alcanzaron la connotación de la que inició Alemania, al invadir Polonia, la madrugada del primero de septiembre de1939. El mundo sin saberlo ingresaba a la mayor contienda bélica de la historia del mundo, cuyo resultado final se estima en la muerte de 50 a 70 millones de seres humanos entre militares y civiles.
En el transcurso de la 2da. Guerra Mundial, un ataque sorpresa perpetrado por la Armada Imperial Japonesa, a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hawai, desata como respuesta la persecución indiscriminada de pacíficos japoneses en América del Sur, especialmente en Perú. Esta acción represiva digitada desde Norteamérica y puesta en acción por el gobierno de don Manuel Prado Ugarteche, se acentúa en Piura y sus pueblos aledaños, apresando y enviándolos a los campos de concentración de la nación del norte. Los primeros días de 1943, subrepticiamente, un camión con policías llega a la casa de Mantaro Kague, le hacen prisionero y se lo llevan sin rumbo conocido. Micaela y sus hijos de un momento a otro, quedan sumidos en la más absoluta aflicción, desconcierto y desamparo; ubicado en la prefectura, de nada valieron las súplicas de su esposa para que liberaran a Mantaro, que junto a otros japoneses, simplemente desaparecieron de la escena norteña. Micaela Castillo Pacherres, la amante madre y esposa, veía apagarse su estrella a los 30 años de edad, se quedaba abandonada con 7 hijos y otro, en estado de gestación de 3 meses.
Después de haber transcurrido más de un año de incertidumbre, una carta censurada, llena de borrones, venida del campo de concentración de Kennedy, develó la oscuridad y tristeza que embargaba a Micaela y sus hijos, por fin se enteraban dónde estaba papá, lo mucho que los amaba y como los recordaba cada día desde que lo apresaron. Durante su ausencia, las cosas en el hogar habían cambiado, el restaurante fue cerrado y la pobreza campeaba en la familia que lo tenía todo cuando estaba presente el padre. La carta, sin embargo tuvo la virtud de devolverles la fe y hacer crecer la esperanza, mientras la madre y Augustito, el hijo mayor, que ya tenía 13 años, seguirían trabajando en lo que pudieran para proveer a la familia.
En estas circunstancias, un hecho fortuito cambia totalmente el derrotero de pasividad propuesto, haciendo aflorar los más puros sentimientos imbuidos de coraje y decisión, que asume y enarbola la mujer peruana en los momentos supremos. Una dama piurana, que había estado gestionando viajar al campo de concentración para ver a su esposo japonés, le salió la autorización para hacerlo, pero desistió a última hora por considerar que sus hijos necesitaban más de ella. Ante esta situación, la dama le ofreció la oportunidad a Micaela, quién sin dudarlo ni un instante, aceptó de inmediato la oportunidad que se le presentaba, decidiendo aún a costa de su libertad que el destino de ella y sus hijos estaba junto al de su esposo, víctima del infortunio en un campo de concentración de los Estados Unidos.
Así, de un momento a otro, sin dinero, ropa raída y niños sin zapatos, embargados del ansia y decisión de estar junto al padre, emprendieron la aventura. Primero solicitaron la ayuda del cónsul de España, en Catacaos, quién condolido les proporcionó los pasajes hasta Lima. Ya en la capital, a la que veían por primera vez, realizaron una nueva gestión en la Embajada de España, la que les brindó una nueva ayuda, para pagar el hotel y el tranvía al Callao, donde se embarcaron en una nave de transporte militar americano, donde había prisioneros alemanes y italianos, zarpando el 17 de octubre de 1944, rumbo a Panamá, luego a New Orleáns, donde fueron ingresados a una sala, donde desnudos se les fumigó con DDT. Después de esa recepción, se les embarcó en tren rumbo a San Antonio y de allí en autobús cruzaron una zona desértica evidentemente bastante hostil, para finalmente, llegar hasta la misma puerta del campo de concentración de Crystal City.
Aquí, abandono mi narración, para transcribir la que hizo sobre esta parte de la historia, el Dr. Luis Rocca Torres, Congresista de la República, en el coloquio celebrado en el Congreso de la República, el 26 de abril de 1999, con motivo de “Los cien años de presencia japonesa en el Perú”, versión íntegra, posteriormente publicada por “Perú Shimpo” el 23 de mayo de 1999:
“… llegaron a la entrada del campo de concentración. Bajaron del ómnibus y lo primero que vieron fue las alambradas, los parantes, las torres de vigilancia, los centinelas y la policía montada. Sin vacilaciones la mujer norteña avanzó hacia la puerta de entrada, agarrando con sus manos a sus hijos menores. Sus ojos buscaban sólo al ser amado. Traspuso la puerta de ingreso, se detuvo, recorrió con la mirada las instalaciones y al fin divisó al silencioso Mantaro. Todos corrieron hacia él con los brazos abiertos y lo abrazaron. Los más niños se prendieron de las piernas de papá. Micaela y sus ocho hijos lloraban de honda emoción. Habían transcurrido 22 meses desde el día de la separación. La piurana logró lo imposible. Acabaron las noches de insomnio.”
La odisea termina el 17 de octubre de 1946, cuando toda la familia Kague – Castillo, arriba de retorno al Perú, después de haber vivido la incertidumbre del futuro en la prisión de Crystal City, donde la familia fue incrementada con el nacimiento de una nueva bebé, la pequeña Marthita; felizmente la guerra terminó, Japón perdió la guerra y tuvo que capitular después de haber sido arrasada Hiroshima y Nagasaki. DE LOS 1800 JAPONESES QUE FUERON HECHOS PRISIONEROS Y LLEVADOS A LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DESDE PERÚ, SOLO PUDIERON RETORNAR 100, LA DIFERENCIA POR PROPIA VOLUNTAD O DEPORTADOS FUERON ENVIADOS DESDE LOS ESTADOS UNIDOS, A JAPÓN. Se estima que para el retorno de Mantaro Kague al Perú, jugó papel decisivo la actitud de esa valiente mujer norteña, MICAELA MILAGROS CASTILLO PACHERRES, QUIÉN POR FIDELIDAD Y AMOR AL PADRE DE SUS HIJOS, SE LA JUGÓ ENTERA EN UN ACTO DE HEROÍSMO. DESPUÉS DE SU RETORNO, REHICIERON SU VIDA FAMILIAR Y FUERON FELICES EN EL MISMO LUGAR DONDE EMPEZARON. Ahora, una numerosa descendencia lleva impresa en el alma con mucho orgullo… esta bella historia de amor.
(*)1.- AGRADECIMIENTO A: César Augusto, Luz María y Víctor Hugo (+) Arellano Kague, nietos de doña Micaela Castillo Pacherres y don Mantaro Kague, personajes de nuestra historia; queridos amigos, con quiénes compartí horas intensas de labor y plática en Hitachi, Karec-Japón, y me confirmaron esta bella historia de amor, protagonizada por sus abuelos en tiempos de guerra.
Japón, Ohira, 20 de Octubre de 2007
Archivo BITACORA 13 (JAPÓN 77-20071020)
Revisada para el Blogg (21.12.2012) Ashikaga s

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