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martes, julio 27, 2021

[Roxana Seminario] Demagogia y corrupción

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Roxana Isabel Seminario Campos
Docente de EBR y Universitaria, Licenciada en Ciencias de la Educación con especialidad en Historia y Ciencias Sociales, con maestría en Historia por la Universidad de Piura, con experiencia en capacitación de docentes, liderazgo y trabajo en equipo, utilización de diversas herramientas digitales en sesiones de aprendizaje presenciales y virtuales. Coordinadora del Proyecto Dignificación y Promoción de la Mujer MDR.

julio, 2021

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Los últimos acontecimientos sucedidos, en la atropellada carrera política, por ganar los votos de los ciudadanos peruanos, nos llevan a reflexionar sobre lo que son capaces de prometer los candidatos en cada una de las presentaciones en público que realizan con tal de ilusionar el corazón de los menos informados y de los más necesitados de salir de esta situación que los agobia cada día más. La demagogia es la reina de estos encuentros en los que, a pesar de los peligros que nos presenta la pandemia, los ciudadanos se vuelcan a las calles para seguir a sus candidatos favoritos o para seguir a aquellos que les ofrecen cambiar el Perú en los primeros seis meses.

Aristóteles, en su Política, llamaba demagogos a los “aduladores del pueblo” y Platón, refiriéndose a los sofistas, afirmaba que son aquellos capaces de adivinar los deseos y los gustos de las masas. Justamente, eso es lo que están haciendo los candidatos de las diferentes tiendas políticas, ir diciendo de pueblo en pueblo, lo que la gente quiere escuchar: mejorar la economía, construir miles de colegios, donar computadoras a todos los niños en edad escolar, aumentar el sueldo de los maestros y capacitarlos, vacunar a todo el Perú, desaparecer la violencia contra la mujer, construir ferrocarriles, modernizar los hospitales, mejorar la seguridad ciudadana, construir plantas de oxígeno en cada distrito, brindar servicio de internet en todo el Perú, redistribuir a la Policía Nacional en los lugares donde más se le necesita y aumentarles el sueldo; sobre todo combatir la corrupción de todo el aparato estatal.

Los políticos demagogos son atrevidos e indolentes porque nos les interesa jugar con el dolor y la desesperación de los peruanos que pugnan por vivir mejor y felices siquiera con los servicios básicos de agua, luz, telefonía, alcantarillado, etc., que les permita sentirse dignos por el simple hecho de ser personas, sujetos de derechos y que merecen ser considerados como tal. En nuestro caso, desde inicios de la república, la demagogia y la corrupción han ido de la mano porque en aras de conseguir los planes propuestos, las autoridades han caído en esta situación de podredumbre que nos ha estancado y nos sigue llevando al foso en donde cunde la mentira, el tráfico de influencias, la colusión, el cohecho, la malversación de fondos, etc.

Por ello, es imposible pensar que algún candidato de esta contienda electoral esté limpio de polvo y paja como para presentarse como la mejor opción que los peruanos podamos elegir. Siempre, estamos presenciando el destape de cada delito cometido en una época o en otra y siempre la desilusión invade nuestro corazón, pero la esperanza renace nuevamente y queremos confiar en alguno que parece sincero, que se muestra menos hipócrita, más cercano a la población y como fuerte defensor contra corrupción.

Los peruanos estamos cansados de la demagogia y la corrupción, ya estamos cansados de escuchar todo lo bonito y bueno, solo en tiempos electorales, solo en tiempos en que los candidatos hacen hasta lo imposible para llegar a los lugares más olvidados del Perú y seguir prometiendo lo que nunca han cumplido. Hace falta que el Perú sane sus heridas del engaño, de la deslealtad y de la traición a la que nos han sometido durante muchos años y que ya es hora de decir ¡Basta!

Entonces, tenemos que estar alertas y dispuestos para elegir a nuestros próximos gobernantes, busquemos sanar nuestros corazones, desterrar el odio, el rencor y el resentimiento. Ya es hora de buscar nuevos horizontes, de respirar nuevos aires y de mirar con optimismo al futuro, pero con la firme convicción de convertirnos en fiscalizadores de todo lo que realicen las próximas autoridades, de exigir que sirvan al Perú honesta y responsablemente. Solo cuando entendamos que el hombre es un ser político por naturaleza y que está hecho para servir, a través de la política, recién podremos pensar que nuestros gobernantes están en el camino de buscar el bien común para todos los peruanos, lejos de la demagogia y la corrupción que tanto daño nos hace y que nos impide lograr el progreso que tanto ansiamos.

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