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Piura

La Utopía que conocí

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Por: José  Alvaro  Quiroga  León

La primera vez que escuche hablar de ella, un amigo que trabajaba en la cadena de discotecas de Inversiones García North SAC me dijo “están construyendo la mejor discoteca del país, en el mejor centro comercial”. Yo no sabía bien qué significaba, pero luego entendí que incluía piso blando, paredes acústicas y, por supuesto, “exclusividad” esa característica discriminadora que la publicidad usa hasta el hartazgo como sinónimo de “bueno”. Debe haber sido por ese tiempo que los encargados del flujo económico del Jockey Plaza acusaron de “falta de pantalones” al Gerente General que expresaba su oposición a abrir una Discoteca en un centro comercial que no se había concebido para esa actividad y que por ello no tenía las condiciones requeridas. Tan claro lo tenía este sensato señor que renunció.

También supe, luego, que entre el inicio del proyecto, la firma del contrato de subarrendamiento con Centros Comerciales del Perú S.A. –que incluía participación en los ingresos del negocio-, la autorización de la propietaria Administradora Jockey Plaza Shopping Center y el Banco Wiese Sudameris, titular fiduciario de todo el patrimonio de acuerdo a una maraña de contratos que tuve que revisar, transcurrió más de un año hasta que el 4 de mayo de 2002 Utopía pudo empezar a producir, aun cuando lo hizo antes de obtener las licencia de construcción y de funcionamiento, sin el certificado del Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) y sin la póliza de seguros por dos millones de dólares estipulada en el contrato de subarrendamiento. Evidentemente todos estaban apurados.

No se puede negar que los jóvenes empresarios conocían los aspectos del negocio vinculados a cómo ganar dinero y luego de algunos eventos previos, en los que las impresionantes invitaciones eran de metal labrado, programaron para el 19 de julio la “Fiesta Zoo” un perfume, con cuyas botellas llenas se armó una pirámide, sobre el techo de la caseta del disc jockey y justo al frente de la única puerta de acceso. Se cursaron aproximadamente 10,000 invitaciones en cuyo reverso figuraban los auspicios de Ballantine’s, So You, Heineken y Schweppes. Los conocedores del negocio dicen que esperaban 2,000 personas.

Era uno de esos eventos típicos de Lima, en que esta “la gentita” y todos los que quieren codearse con ella, no importa lo caro o incomodo que sea, si está la gentita, Lima se mueve. En el recuerdo de asistentes y deudos había una expresión común: se suponía que era la mejor discoteca de Lima, en el mejor Centro Comercial del País ¿cómo podíamos imaginar lo que era en verdad?

Visto en perspectiva sarcástica, sí había forma de imaginar algo trágico viendo su entrada. El acceso a Utopía era una puerta de metal brillante, de acero o aluminio (ahora pienso que de lata maquillada) enmarcada por los cuatro lados por paredes semejantes al mármol negro, el piso de su entrada no estaba al nivel del piso del centro comercial, estaba lo suficientemente elevado para que sea necesaria una escalera. Esta escalera era de metal similar a la puerta, con la curiosa característica de estar sobre ruedas, lo que permitía la también curiosa rutina de mantener las escaleras fuera de la vista pública en las horas de funcionamiento del Centro Comercial ¡la escondían! diría un suspicaz, para instalarla oportunamente ¡con nocturnidad! diría un penalista. Para mí, el efecto visual era demoledor, te acercabas pasando entre la heladería 4D y el Mediterráneo Chicken y veías al fondo la estructura de un premonitorio mausoleo. Esa imagen jamás se borrará de mi memoria.

Utopía tenía todo el maquillaje de una discoteca de primer nivel pero había sido maquillada con los materiales más baratos y con una cantidad abrumadora de desprecio por la seguridad de sus clientes.

Los textiles acústicos de las paredes no tenían tratamiento anti fuego, se pusieron incluso tapando las puertas de emergencia y las vitrinas de las mangueras contra incendio;  y el techo era plástico, alcanzado por el fuego generaba una lluvia de gotas incandescentes. Como si eso fuera poco, delante de las puertas de escape escondidas, pusieron sofás, y dentro de las vitrinas las mangueras estaban colocadas de forma inversa a la que permite desenrollarlas, entonces, si alguien hubiera tenido la suerte de encontrar las mangueras y la pericia de desenrollarlas como para poder usarlas,  se hubiera dado con la última sorpresa: no estaban conectadas al agua.

Por supuesto que Utopía tenía aire acondicionado, pero no tenía ninguna ventilación natural, cero ventanas y los ductos de aire fueron bloqueados para que el aire acondicionado gaste menos energía ¡genial!

El piso pretendía ser como el de las discotecas de música electrónica más modernas, de material suave, de un acolchado jebe espumoso que te permite bailar toda la noche sin problemas, claro que esta versión barata no tenía el indispensable tratamiento anti fuego y era de caucho de neumáticos, ese que arde en las protestas callejeras y despide un humo negro que no te deja respirar y que, de acuerdo con el informe de los bomberos, contiene derivados del Arsénico (o Cianuro, disculpen, ha pasado mucho tiempo y hay cosas que uno prefiere olvidar) y monóxido de carbono; el primero te envenena mientras los sólidos suspendidos en el aire desgarran tus vías respiratorias como vidrio molido y el otro te duerme como a los suicidas que escogen el tubo de escape de su auto para morir.

A ese escenario, los brillantes promotores de Utopía, le sumaron un caballo, un tigre, monos y diversos animales del Circo Hermanos Fuentes Gasca para ser exhibidos y como acto central, contrataron a Roberto Ferreyros O’Hara para hacer un espectáculo de fuego.

Se calcula que en la madrugada del 20 de julio de 2002 Utopia, que no debía recibir más de 660 personas, albergaba más de 2 mil. Personalmente encontré un ticket de ingreso numerado 1,110, con hora marcada a las 1.30 am y la gente siguió llegando.

Ferreyros entra a la cabina del disc jockey aproximadamente a las 2:45 am junto con Fahed  Mitre, su espectáculo incluía verter una línea de bencina al borde de la cabina y prenderla con un encendedor, lo que ya había hecho en las barras del primer piso, también debía ejecutar el  “lanzallamas” que consistía en aplicarle fuego al líquido vaporizado de un ambientador en aerosol.

Un fogonazo alcanza el techo de la cabina del disc jockey, e inflama el recubrimiento acústico, al inicio sin llamas muy visibles, la gente cercana arroja agua o sus bebidas, alguien corre a buscar un extintor y no lo encuentra, porque en la mejor discoteca de Lima, se habían gastado más de 800 mil dólares pero no había uno solo de esos aparatos obligatorios, que no cuestan más de 60 dólares. El fuego se propaga al nivel superior por conducción y radiación, se prenden los perfumes de la pirámide y se bloquea la puerta principal, la única conocida y visible, esto toma 55 segundos y la temperatura alcanza entre 850 y 1250 grados Celsius, según los bomberos. Una gruesa viga de metal del techo, justo encima, quedo doblada como testimonio de la intensidad de esta hoguera de perfumes.

La luz se corta por etapas, primero el fuego genera un corto circuito que afecta la música y las luces cortadoras y giratorias de la pista de baile. Las barras, las oficinas administrativas, los baños y taquillas están iluminados hasta que 2 o 3 minutos después el personal del Jockey Plaza corta la energía dejando a todos a oscuras, sin ver qué pasa, sin ver salidas y sin ver el humo que venía a matarlos.

¿Cómo se siente eso? Alex, un empresario de discotecas, vivió para contar que tres o cuatro inhalaciones fueron suficientes para que empezara a desfallecer cuando lo rescataron en la boca de la entrada. Fue el último que pudo pasar entre el fuego y la puerta que conocía, arrastrando a su enamorada que se resistía porque se quemaba el hombro por la proximidad de los perfumes ardiendo. Previamente, había visto a una administradora de la discoteca, a quien conocía, lanzarse por las escaleras en busca de las salidas de emergencia y dedujo que si una trabajadora de Utopia actuaba así, algo muy malo estaba pasando, su hermano, llegado de Texas a celebrar su cumpleaños, no tuvo tanta suerte.

Los Bomberos de Salamanca fueron los primeros en llegar al Jockey Plaza y encontraron cerrado el acceso por la Avenida Javier Prado, les tomó preciosos minutos cambiar de ruta e ir a la entrada de la Avenida Manuel Olguín, allí se encontraron el tráfico de los sobrevivientes que salían aterrados. Esos minutos eran cruciales, pero el mejor centro comercial de Lima tenía su puerta principal cerrada, pese a que dentro de sus instalaciones se encontraba operando una discoteca con más de 2 mil asistentes ¿A eso le llamaran tener pantalones? O tal vez a la sangre fría que tuvieron esa madrugada para llamar a mi amigo, que seguía trabajando para ellos, indicándole que llevara todos los extintores que pudiera recoger de otras discotecas, pero ¿para qué? se preguntaba, si ya acabo el incendio, la respuesta llegó en la siguiente llamada. Ya no vengas, ya llegó la policía.

Durante los segundos en los que la mejor discoteca de Lima se desnudaba como una trampa mortal hubo caos y decisiones mortales. Los asistentes VIP, en el segundo nivel, sin idea de lo que ocurría, ante el rumor de que se habían escapado los animales o de que había un pequeño fuego, se refugiaron en los baños adyacentes, allí esperaban ser rescatados, allí quedaron a oscuras, primero por la falta de luz, luego por el humo y allí los encontraron los rescatistas, con señales de haber intentado taparse la nariz con su ropa mojada, pero sin vida. Utopía fue la tumba de 29 personas esa noche y otras 40 quedaron seriamente afectados por asfixia, intoxicación o quemaduras.

Sus huellas también quedaron allí, habían marcas de manos con hollín en las paredes que seguían transmitiendo una angustia aterradora en la inspección judicial que me llevó al interior de Utopía por primera vez y me hizo respirar un aire que, aun un mes después, estaba infectado por ese humo asesino. Felizmente yo pude salir sólo con un dolor de cabeza.

Antes de entrar a la “reconstrucción de los hechos” Ferreyros caminaba delante de mí cuando Percy North se le acercó y le hablo al oído, de inmediato gritó que lo estaba amenazando de muerte y pidió protección policial, me preguntó si había escuchado la amenaza y le conteste que no. Luego, ya adentro, por alguna razón que desconozco, me explicó personalmente que fue lo que él hizo, donde lo hizo y cómo lo hizo. Negaba haber “disparado” fuego al techo, ¡no soy estúpido! me dijo ese muchacho, notoriamente asustado y profundamente triste.

Mientras miraba lo que quedaba de Utopía, también veía a los deudos deambular por el lugar en que sus hijos regalaron sus últimas sonrisas. Trataba de pensar como abogado y no como padre. Había que preparar una demanda contra los responsables, a nombre de todos los padres, excluyendo a aquel padre que trabajada en la Municipalidad encargada de fiscalizar la construcción y las licencias, cuya hija falleció, pero no iba a demandar. Mi mente estaba en eso cuando me abordó una madre: usted ha leído todo, usted sabe lo que paso, dígame por favor ¿mi hijo sufrió?  No, le dije, el humo lo durmió y murió dormido. Mentí, como queriendo romper una cascada de hechos terribles para mí, pero insoportables para una madre.

Said Carmona
Said Carmona
Comunicador social, apasionado por la redacción periodística y la investigación. También me encanta el periodismo deportivo.

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