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Piura

En Memoria de Arturo Chunga Ramos

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En este momento de profundo pesar, soy testigo de la existencia de un hombre valiente. Bien se dice que Cristo le pone la cruz más pesada a quien puede cargarla. Las emociones de la vida son complejas, y lo que intento hacer ahora, querido Arturo, es esconder el llanto con una sonrisa.

 

Tu historia estuvo llena de matices: conociste la riqueza y la pobreza, brillaste como las estrellas y te ocultaste en la oscuridad. Estuviste rodeado de mucha gente, pero te tocó partir en soledad. Querido amigo, lo importante son las vivencias que experimentaste. De ti me llevo una gran enseñanza: jamás te quejaste. Nunca nos contaste, ni a Jorge Eduardo ni a mí, los dolores que sufrías ni las carencias que hacían tu vida tan difícil. Manejabas el silencio como pocos, y precisamente ese silencio se convirtió, con los días, en tu fiel compañero en las horas difíciles de tu partida hacia la eternidad.

Quiero recordarte, Arturo, con esa belleza física que el creador te dio. Eras hábil con tus piruetas en las pistas de motocross, galante, educado, y robaste las miradas de muchas piuranas. Intrépido en tus fascinantes aventuras, tu vida estuvo cargada de misterio y magia.

 

Fuiste el menor de la familia Chunga, hijo de un gran hombre, don Alfredo Chunga Ramírez. Es imposible olvidar a un personaje como él. Tuviste un padre de lujo, sinónimo de éxito comercial, un hombre generoso que siempre puso a su familia en primer lugar. Lo acompañaste en sus proyectos y desde niño escuchaste sus sabias enseñanzas, heredadas de tus humildes abuelos. Con orgullo, tu padre te contaba cómo él ayudaba desde pequeño en la fábrica de caramelos, el único sustento de la familia Chunga.

 

Los años transcurrieron y el mundo mágico de Juguetelandia te cautivó. Junto a tu padre, edificaron ese fascinante universo de juegos y personajes que cautivó a tantos niños piuranos.

 

Pero la vida da giros repentinos. Tus padres, la hermosa señora Betty y tu amado padre, dejaron el mundo terrenal para preparar la morada que ahora compartirás con ellos.

 

Te quedaste en este mundo para vivir la vida a tu estilo, con errores y aciertos, pero vida, al fin y al cabo, querido amigo.

 

En el ocaso de tu vida, las conversaciones junto a la catedral, como la gran obra de nuestro literato peruano Mario Vargas Llosa, fueron muy frecuentes.

 

Cruzábamos el puente viejo, llegábamos de Castilla a Piura, y con mis ojos inquietos trataba de divisar tu robusta figura. Ya no eras el atlético chico de los ochenta, pero tu alma y tu esencia eran las mismas.

 

Muchas veces nos dijiste: «No te sientes en esa banca, el que se sienta ahí, se muere».

 

Largas noches de tertulia amena. De pronto, sin esperarlo, llegaba la guapa Rocío Seminario y las historias de piuranos y piuranas se enriquecían.

 

Tenías sueños por cumplir y nunca diste señal de derrota; esa es la grandeza de tu ser.

 

Zoila Saavedra me ha llamado llorando para decirme que ya gozas del descanso eterno y Junto a Jorge Eduardo el Lobito empezamos a trasformar nuestras lágrimas en sonrisas recordando tu picardía.

 

No olvidaré tus ojos entusiastas a pesar de la difícil situación que vivías. Con nobleza y fortaleza, la vida te entregó amigos auténticos, y todos estamos consternados por tu partida. Pero la ley de la vida nos dice que la auténtica vida comienza después de la muerte. Estoy segura de que estás junto a tus padres amados en un paraíso hermoso donde volverás a ver las luces del éxito, pero esas luces son las estrellas preciosas del paraíso.

 

Descansa, amigo, que era lo que tu vida terrenal pedía. Descansa en los brazos de nuestro Padre Celestial.

 

Hasta pronto, te decimos todos tus amigos de la década dorada de los ochenta, y en especial, las chicas del Club Grau, esas a las que cautivaste con tu picardía, guapo.

 

Tus amigos de la promo Don Bosco están contigo amigo bueno y gestionan tu cristiana sepultura.

 

AUTORA: Lilian Houghton Hidalgo.

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