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Conocer a un Nobel, por Carmen Concha-Nolte

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Mi futura madre —auxiliar en una escuela — quedó fascinada con la personalidad del joven Vargas Llosa. Ella, veinte; él, apenas dieciséis. Con ese puñado de años él propiciaba comentarios en toda la escuela: imponente, astuto, periodista en una redacción, agitador de una huelga estudiantil y ávido por el quehacer cotidiano de todos.

De mucho se fue apropiando Mario, sobre todo del aprecio y su celeridad para capturar el mundo. Un día, pasó apurado por el patio de la escuela, y caminó al parejo de mamá, y llevaba periódicos, y casi se cae a sus pies en tono suplicante. Ella, seguramente, hubiese sacado fuerzas de debilidad para ayudarlo a levantarse, claro, excepto si al caer le hubiese desajustado su falda kilométrica.

Mamá contempló y admiró al joven durante su último año de secundaria. En 1955, contrajeron nupcias: el apuesto Mario se casó con la tía Julia, mamá celebró su enlace con mi padre en esa tierra tan bien recreada por Vargas Llosa, sobre todo la controversial Casa verde que dio título a uno de sus libros.

Pasado un tiempo, la democracia trajo ferias a Lima. Una tarde inolvidable, mamá enrumbó conmigo a la Feria del Libro más concurrida. Todo el camino, mamá temperó sus nervios, su voz, sus recuerdos y la belleza de la que aún gozaba. ¡Ay!, parece que fue ayer.

En el estand Seix Barral, Mario se levantó y abrazó a mamá, conversaron y conversaron; aludió al padre de mi madre, su profesor. Me firmó La guerra del fin del mundo. Ese fue mi inicio literario: conocí los dientes ladrillos de su hija Morgana, vi las manos aporcelanadas de mi escritor y el color de sus ojos muy similares a los de mamá. Vargas Llosa olía riquísimo y hablaba exquisito. En casa, mamá rehusó quitarse el abrigo.

Años después, apoyé su candidatura presidencial. Recuerdo que les decía a todos que eran unos ignorantes si no apostaban por el escritor.

Muy lejos de la patria ambas, en 2010, recuerdo que el corazón de mamá tembló a borbotones como antaño cuando le dije que Vargas Llosa había ganado el Nobel de Literatura. El Alzheimer, en ciernes, no le había robado ningún recuerdo de Mario.

Carmen Concha-Nolte es lingüista peruana, con estudios de maestría en Literatura. Estudió microficción en la Escuela de Escritores, Madrid. Sus textos se difunden en varias revistas. Ha sido incluida en dieciséis antologías. Ganó el Premio Péndola Dorada 2022. Vive en Washington. Charoparra16@hotmail.com
https://www.facebook.com/charito.concha

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