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lunes, septiembre 27, 2021

Beirut, un año después: reconstrucción cívica en medio de una nación devastada

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Hace exactamente un año, el 4 de agosto de 2020, la tercera mayor explosión no nuclear jamás registrada destruyó casi la mitad de la ciudad de Beirut, arrasando el puerto y la parte oriental de la capital. Una de las mayores tragedias urbanas de los tiempos modernos, mató a más de 200 personas, hirió a miles y dejó a unas 300.000 personas sin hogar, dañando más de 80.000 espacios comerciales, residenciales y públicos. La explosión, que se sintió en todos los países vecinos, despojó a las construcciones de la ciudad de sus revestimientos, armazones y elementos de cristal, y derribó por completo otros edificios, dejando unos 15.000 millones de dólares en daños materiales, en tiempos de Covid, disturbios políticos y sociales, y colapso económico.

Un año después, poco ha cambiado. La situación se ha vuelto más difícil para los habitantes de Beirut. Todo en la ciudad sigue recordándoles ese día. Las principales preguntas siguen sin respuesta, las instituciones gubernamentales no han puesto en marcha ningún plan de rescate o de acción; ante la ausencia total del Estado, la sociedad civil se ha movilizado para tomar en sus manos los esfuerzos de reconstrucción.

Después de todo este tiempo, los silos donde se produjo la explosión siguen existiendo. A continuación, una serie de fotografías tomadas por Dia Mrad que registran la ausencia de acción de las autoridades y las vías alternativas de gobernanza urbana en la capital libanesa.


En la zona cero, la explosión destruyó la fachada oriental de los silos de grano de 48 metros de altura, una parte de la fachada marítima, y dejó un cráter de aproximadamente 124 metros de diámetro y 43 metros de profundidad. Algunos especialistas consideran que la robusta estructura superviviente de los silos protegió en gran medida la parte occidental de la capital, absorbiendo gran parte de las ondas de choque de la explosión y protegiendo a la ciudad de una aniquilación mayor. Responsable de almacenar el 85% del grano del Líbano, esta maravilla estructural se construyó entre 1968 y 1970, originalmente con 42 silos cilíndricos antes de que se añadieran más cilindros durante las obras de restauración de 1997. La estructura, la más grande de Oriente Próximo en aquella época, desarrollada por el ingeniero libanés Jacques Nasr y ejecutada por la empresa checa Průmstav, fue diseñada inicialmente para soportar condiciones masivas. Conservando su forma, pero muy dañada, la sección aún en pie del muro de hormigón armado corre el riesgo de derrumbarse, según un informe de la empresa suiza Amann Engineering que recomienda encarecidamente su completa destrucción. Se ha informado de que sus pilotes de hormigón están «muy dañados».

«Un monumento al terrible destino de la colina de Ashrafieh, totalmente destruida», según Dia Mrad, los silos han sido objeto de polémica. La comunidad se cuestiona si los silos deben ser demolidos o conservados, y se divide entre los partidarios de mantener la emblemática estructura por su carácter simbólico y los que abogan por borrar esta herida del horizonte de Beirut. Mientras este debate relacionado con la memoria colectiva encuentra poco a poco sus pros y sus contras, los arquitectos se han dedicado a diseñar memoriales, concursos internacionales y planes maestros, olvidando el impacto del trauma. Apurando y forzando el paso, mientras se «romantiza» una situación que no ha sido tratada, algunos están perdiendo la oportunidad de aventurarse en nuevas formas de hacer, rindiéndose a los mismos métodos de siempre. De hecho, después de aproximadamente un año, ¿Por qué necesitaría una ciudad todavía traumatizada un monumento conmemorativo cuando la gente recuerda constantemente lo sucedido? ¿Por qué necesitaría concursos internacionales, cuando los ciudadanos deberían poder imaginar su propio futuro? ¿Por qué es necesario imponer planes maestros cuando las ideas que surgen de las necesidades de la comunidad han demostrado funcionar mucho mejor? Beirut tiene otras prioridades.


Beirut depende hoy en día en gran medida de las iniciativas comunitarias y de la gobernanza alternativa. Con la ausencia de una visión más amplia y la inacción de las entidades gubernamentales a la hora de implementar reformas para beneficiarse de la ayuda internacional, la ciudad parece una versión «más ordenada» de lo que era hace un año. Básicamente, las calles están limpias de escombros y cristales, los edificios están cubiertos con paneles de plástico y los andamios se han extendido por los barrios. Si lo miras con detenimiento, te das cuenta de que casi todo sigue igual.

Los recursos asignados a las ONG no son suficientes para cubrir las enormes consecuencias de la explosión, especialmente con el colapso de la economía y el coste de los materiales de construcción. Por lo tanto, las prioridades son albergar a las personas, cerrar las aberturas, reparar parcialmente las estructuras e instalar ventanas y puertas. Se han reunido iniciativas para impulsar los esfuerzos de reconstrucción tanto como sea posible dadas las circunstancias, y para compartir la carga de trabajo: desde la rehabilitación de unidades residenciales y comerciales, especialmente para las familias de bajos ingresos y las pequeñas empresas, hasta renovaciones completas.

En el caso de los edificios históricos, la situación es mucho más complicada, ya que requieren más recursos financieros y la intervención de especialistas. Unos 600 edificios de la época otomana o construidos entre 1930 y 1970 han sufrido graves daños. La Iniciativa del Patrimonio de Beirut ha estado trabajando en varios grupos prioritarios de la ciudad, donde la explosión causó destrucciones sustanciales, en Mar Mikhaël, Rmeil y Medawar, sobre todo en el grupo de la línea de la costa, frente al puerto y donde se encuentra la famosa Casa Azul (Maison Bleue). Sin embargo, muchas cosas permanecen intactas, aún pendientes.


Las ONG asumieron el papel del gobierno, creando un poder popular con modestas capacidades financieras. La sociedad movilizó sus esfuerzos personales, creando un sistema de gobierno alternativo. Pero, ¿podría la sociedad hacerlo sola? No en teoría. Sobre todo porque muchos fondos y ayudas están vinculados a decisiones de entidades institucionales. Pero, ¿Cómo comunicar esto a una comunidad cuya única esperanza reside en sí misma?

En una entrevista con ArchDaily, Hashim Sarkis, curador libanés de la Bienal de Venecia 2021, explica que «la ira que se extendió tras la explosión se proyectó sobre la corrupción y la negligencia que condujeron a esta explosión, pero también asoció a Beirut con la resiliencia». Convencido de que Beirut alcanzó su límite de resiliencia porque fue reconstruida durante los años 90 sin fundamentos cívicos, Sarkis añade que «construimos autopistas pero no transporte público, fachadas privadas pero no espacios públicos, nuevos hospitales pero no un sistema de salud pública». El arquitecto cree que el mayor reto de la sociedad civil hoy en día es «encontrar la manera de unir estos esfuerzos de base y constituir una visión audaz para la ciudad, y no fragmentar y privatizar estos esfuerzos».

Reunirse es un acto de resistencia, y resistir es lo que mejor sabe hacer la ciudad. El trauma heredado de los años de guerra, junto con el trauma generado por los recientes acontecimientos de 2020, une a los habitantes de Beirut más de lo que la gente cree. Este sufrimiento compartido se está convirtiendo en una memoria colectiva que definirá para siempre la narrativa de esta comunidad. Para superar esto como nación, el primer paso es lograr la justicia social. Aunque las estructuras pueden reconstruirse y sustituirse, las comunidades no pueden sanar de la noche a la mañana, sobre todo cuando no se responsabiliza a nadie de lo ocurrido. Por lo tanto, por muchos edificios que se hayan rehabilitado y por mucho que la comunidad haya intentado afrontar colectivamente su trauma, si no se consigue la justicia social, la ciudad seguirá un camino de luto y angustia.

Fuente:www.archdaily.pe

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