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julio, 2019

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(Reflexión inspirada en las lecturas del II Domingo de cuaresma, ciclo C)

Cuenta la historia que en una comarca había un hombre muy bueno, a quien la gente simplemente le llamaba “El hombre bueno”. La puerta de su casa siempre estaba abierta para el necesitado, los jóvenes escuchaban sus consejos con agrado, los niños se regocijaban con sus cuentos, los adultos siempre acudían a él para confiarle sus problemas y pedir orientación.

Cierto día el hombre bueno desapareció y nadie sabe qué se hizo. La gente lo buscaba por todas partes, pero no fue encontrado. Alguien dio la noticia que arriba, en lo más alto de la montaña, en un lugar inaccesible, estaba grabada la imagen del hombre bueno. Como el lugar era muy peligroso nadie se atrevía a ir a ver si era verdad o simplemente un rumor. La historia pasó de generación en generación. Los adultos le contaban a los niños y jóvenes; y éstos, cuando eran adultos, contaban a sus retoños.

Cierto día un joven, que desde pequeño había crecido escuchando la historia, desapareció. Sus familiares, parientes y amigos lo buscaron por todas partes, pero no lo encontraron. Todos pensaron que tal vez alguna fiera lo había devorado o quizá se había caído a un abismo. Cuando se resignaron al dolor y ya dejaron de buscar, después de 40 días, apareció el joven y todos quedaron admirados de su figura: su rostro, su sonrisa, sus gestos, toda su persona se parecían al hombre el bueno. Entonces la gente, alborozada, preguntó: ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde has estado? ¿Qué te ha sucedido en el rostro? El joven, sin saber que su rostro estaba transfigurado, les contó su aventura, con suma humildad:

“Atraído por el impulso de la historia, que siempre me han contado desde que era pequeño, me decidí ir a ver si dicha historia era cierta. Hace 40 días me desperté muy temprano, sin que mis padres lo supieran. Tomé las suficientes provisiones y empecé el camino. La trayectoria fue muy larga y difícil, tuve que sortear muchas dificultades, pero al final llegué y ahí estaba el rostro del hombre bueno. Me hinqué de rodillas y oré un rato. Cuando mis rodillas perdieron fuerza, me senté para seguir contemplando el rostro del hombre bueno. Absorto en mi contemplación, me llené de paz y no sé qué paso, creo que entré en una especie de éxtasis, donde perdí la noción del tiempo. Cuando tomé conciencia había pasado ya mucho tiempo”.

Entonces la gente entendió lo que le había pasado, el hecho de haber estado contemplando el rostro del hombre bueno le había transfigurado, le había transformado. Esta historia nos ayuda a comprender que la contemplación nos transforma. Recordemos que esto, precisamente es lo que, le sucedió a Moisés:

Cuenta el libro del Éxodo (Ex. 34,29-35) que cuando Moisés subió al Sinaí, donde recibió las tablas de la ley, bajó con el rostro transfigurado. Él no sabía que su rostro irradiaba luminosidad por haber estado hablando con el Señor. Al verlo los israelitas temieron acercarse, pero él les llamó: primero se acercaron Aarón y los jefes, después los demás israelitas. Él les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en la montaña sagrada. Una vez que terminó se puso un velo sobre su rostro y sólo lo quitaba cuando entraba en el santuario para hablar con Dios.

Así es queridos amigos: La contemplación nos trasforma. El evangelio que nos propone la Iglesia en el día de hoy, que está tomado de Lucas 9,28b-36, nos narra que Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan y lo llevó a una montaña y ahí, en la presencia de ellos se transfiguró, mientras oraba. Concentrémonos en esta frase: “Mientras oraba se transfiguró”. Acá está la clave de la transformación interior, en la oración de contemplación.

Estamos en tiempo de cuaresma y en este tiempo se nos invita a la conversión. Y la clave de la conversión es la oración. Será muy difícil que transformemos nuestra vida sólo con un mero propósito. Eso sería voluntarismo. La conversión es fruto de la oración. Es en la oración cuando el Señor, con la luz del Espíritu Santo, nos va mostrando lo que tenemos que cambiar y nos da la fuerza para cambiar. Por eso, si de verdad queremos cambiar, si de verdad queremos transformar nuestra vida, debemos orar y orar sin desanimarse, dado que la oración no es un ritual mágico, cuyos efectos suceden inmediatamente. ¡No! Así no son las cosas. La transformación que sucede en la oración se va logrando poco a poco, a través de un proceso. Eso es lo que quiere decir el evangelista cuando dice: “Mientras oraba”. O sea que la transfiguración de Jesús no sucedió de un momento a otro, como cuando uno presiona el interruptor y se prende el foco, sino en un proceso. Es como cuando uno coloca un hierro en el fuego, poco a poco, va calentándose hasta que se vuelve al rojo vivo. Así fue la transfiguración del Señor. Y con esa transformación procesual nos quiere decir que nuestra transformación personal también tiene que darse a través de un proceso. Por eso no hay que desanimarse en la búsqueda de nuestra transformación interior.

Esta es la experiencia que tuvieron los santos. La vida de ellos no se transformó de la noche a la mañana, algunos tuvieron momentos muy duros de sequedad espiritual, como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresita de Lisieux, Madre Teresa de Calcuta y tantos otros santos. A esta experiencia los místicos le llaman la noche oscura. Sin embargo, ellos no se amilanaron. Ellos fueron perseverantes en la oración y al final su vida fue transfigurada. Pensemos en algunos personajes bíblicos.

Abrahán no se convirtió en padre de la fe de la noche a la mañana, sino a través de un proceso que duró varios años, donde su fe fue probada. Como sabemos él recibió la llamada del Señor a los 70 años para dejar su tierra y su parentela e irse a un lugar que sólo Dios lo sabía. Ahí recibió la promesa que sería padre de muchas generaciones. Abrahán, obedeciendo al Señor se puso en camino. Pasaron los años y ya tenía bienes, pero el hijo de la promesa no aparecía. Él ya era anciano y, humanamente, ya no tenía esperanza de tener hijo. Estando en estas circunstancias se desanimó y estaba a punto de perder la fe. Es ahí donde el Señor nuevamente se acerca y le dice: “Abrahán, te voy a dar riqueza”. El patriarca le dice: “Para qué me das riqueza si mis bienes los va a heredar ese Eleazar de Damasco”. El Señor le dice: “No, tus bienes lo heredará uno de tu propia sangre”. Luego lo hace salir de la carpa y, en la noche, le dice que levante la mirada y mire las estrellas, pues así será su descendencia (Gn. 15,1-5). Después de un tiempo tuvo su hijo Isaac y así empezó a cumplirse la promesa de Dios.

Lo mismo le sucedió a Pedro y los demás apóstoles. La vida de ellos no se transformó de la noche a la mañana, sino en un proceso de convivencia y diálogo con el Señor. Pedro, como sabemos era un testarudo, en una ocasión intentó corregir al Maestro y éste tuvo que ponerlo en su lugar (Mt. 16,22-23). En otra ocasión le dijo al Señor que aunque todos lo abandonaran él no lo abandonaría (Mt. 26,33), pero esa misma noche negó al Señor tres veces, antes que el gallo cante, tal como lo había profetizado el maestro (Mt. 26,69-75). Después de la resurrección el Señor le confirma a Pedro y le da la misión de apacentar las ovejas. Acá ya vemos a un Pedro bastante pulido, pues, la última vez que le pregunta el Señor si le ama, el apóstol contesta, con suma humildad: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Sin embargo, Pedro no ha llegado a la perfección, aún le faltaba mucho camino que recorrer. Cuando el Señor le dice “Sígueme”. Él empezó a seguirlo y de tras de él iba el discípulo amado. Pedro, al darse cuenta de ello, le dice al Jesús: “Señor, y ¿este qué?”. Es como si le dijera: “¿Y a este quién lo ha llamado?”. El Señor le responde: “Si yo quiero que él permanezca hasta que yo venga de nuevo, ¿a ti qué? Tú, sígueme”. Es como le dijera: “Y a ti que te importa. Lo importante es que tú me sigas” (Jn. 21,15-23). En este diálogo vemos que Pedro, si bien había avanzado en humildad, aún le faltaba mucho camino por recorrer.

La carta a los Gálatas (1,11-14) nos deja constancia que el apóstol Pablo tuvo un enfrentamiento con Pedro. El motivo era que Pedro fue a Antioquía y ahí comía con los paganos, lo cual era estaba prohibido para los judíos. Al llegar los judaizantes, que querían que los paganos vivan como judíos, Pedro se apartó y así lo hicieron los otros judíos. Entonces Pablo le increpó al príncipe de los apóstoles su doble moral. Este dato nos da a entender que Pedro, aunque había avanzado en su transformación personal, aún tenía cosas que trabajar. Al final de su vida vemos a Pedro Transformado, con la capacidad de entregar su vida por el Señor.

Con todos estos episodios quiero demostrar que la conversión, entendida como transformación, es un proceso que dura mucho tiempo. Y en ese proceso de transformación la oración es fundamental. Lo importante es que no nos desanimemos y sigamos orando por nuestra transformación. Ilustremos todo lo dicho con un hecho de vida.

Conozco el caso de una persona que de niño fue tocado sexualmente por su hermano mayor, quien le enseñó a masturbarse. Esto le afectó en su identidad sexual. Desde muy pequeño se masturbaba, costumbre que la ha acompañado hasta gran parte de su vida adulta. En un determinado momento se metió a consumir pornografía por internet. Cada vez que veía pornografía y se masturbaba se sentía muy mal, se sentía muy culpable. Yo le he acompañado espiritualmente durante varios años. Le recomendé que cuando haga esas cosas se confiese y comulgue, siempre que esté en gracia de Dios. Que nunca deje de orar y que le pida a Dios que le sane esa herida que su hermano le causó. Han pasado los años y la constancia en la oración, la comunión y la confesión ha dado efecto: Hace un buen tiempo que ha abandonado la pornografía y la masturbación. Este es un caso concreto del poder transformador de la oración.

Pidamos al Señor que nos haga hombres y mujeres orantes y que en esa constancia en la oración se vaya transformando nuestra vida.

Que Dios les bendiga.
AUTOR: P. Walter Malca Rodas; C.Ss.R.
EMAIL: wamar@padrewaltermalca.com
WEB: www.padrewaltermalca.com
WHATSAPP: +51 955509695

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