Umberto Jara
El nombre de Emil Cioran lo deben recordar muy pocos. Su pensamiento es inclemente y no sería de agrado para los habitantes de este siglo tan proclive a lo superficial. Pero al final de esta tarde, una frase del viejo filósofo rumano traza el exacto retrato de Keiko Sofía Fujimori Higuchi y su senda hacia prisión: “Cuando uno no puede librarse de sí mismo, se deleita devorándose”. Si existiese la costumbre de recurrir a la sicología para el análisis se encontraría luz para la oscuridad de los afanes políticos. Tal ha sido el sendero elegido por ella: construyó paso a paso el camino a su destrucción.

Hace muy poco, a vuelta de esquina, en julio de 2016, la Sra. K, a pesar de haber perdido las elecciones, tenía más poder que aquel presidente que fue apenas una sigla: PPK. Este anciano de malos hábitos había dicho “Gané por un pelo” y Keiko Fujimori en lugar de entender esa confesión de extrema debilidad, en lugar de analizar que con 71 congresistas podía aportar las reformas profundas que el país necesita y convertirse, desde la mayoría parlamentaria, en la impulsora del progreso del país, prefirió envolverse en el rencor de una derrota y confundió rotundamente liderazgo con pandillaje.

Embelesada con las malas artes de la soberbia, de la intriga, de la arrogancia, de la prepotencia dio rienda suelta a su tropa de arrabal: Becerril, Beteta, Tubino, Aramayo, Yesenia, Bienvenido. Después, pasó a exhibir a sus luchadoras de muay tai: Bartra, Chacón, Vilcatoma, Salgado y terminó exhibiendo a dos figuras que simbolizan el pensamiento enclenque: Chihuan y su mísero sueldo de 366,000 mil soles anuales y Torres, el vivo, con su petición de tardío diálogo sin antes admitir su rol en la componenda con el prófugo Hinostrtoza. De país nada, de sensata reacción política nada, de expresiones de sincero respeto hacia millones de peruanos, nada. Eso sí, mucho de discursos justificatorios que, en breves horas, se desmoronaban al veloz ritmo de una medicina letal: las pastillas de La Botica.

Cuando la Sra. K —reconocerlo le habría permitido algo inédito: descubrir la dignidad— se puso de pie para dirigirse al honorable juez Richard Concepción Carhuancho, utilizó el agravio: “Usted ya tiene mi sentencia anticipada”; entonces, uno se puso a pensar ¿cuál es la maestría que estudió la Sra. K? ¿realmente existieron esos estudios que los peruanos le hemos pagado con dinero de nuestro esfuerzo cotidiano? Porque aquel que realmente estudia descubre que la arrogancia no es el camino a seguir. Y aquel que de verdad ha trajinado los libros, se percata que no es solamente el juez quien la está viendo sino millones de peruanos y, con los pies en el cadalso, se puede tener la oportunidad de la disculpa por haberse opuesto con tanta tenacidad a que el país progrese y por haberse prodigado una vida muy cómoda con dinero ajeno.

Es cierto que los gestos de grandeza ocurren cuando se conoce la reflexión, la modestia, el respeto. Cuando se habita bajo el abrigo de la arrogancia y la intriga vengativa, ocurre lo que hemos espectado: el opaco ocaso, la penumbra de un camino mal andado. La Sra. K confiaba más en el bribón Hinostroza (y otros bellacos) y nunca entendió un mensaje poderoso: cuando las calles expresan molestia, burla, cólera significa que le están alcanzando la peor de las sentencias para un político: el desprecio de un país. Hoy, 31 de octubre de 2018, recibió el dictamen de un juez y un fiscal dignos y valientes y el veredicto de un país harto de fechorías. Cuando se aplaude la perdida de libertad de un político significa que existe algo muy doloroso: ciudadanos traicionados en su derecho a una vida más apacible sin las tormentas de la politiquería que no construye.

Hoy los filósofos no tienen rating, el pensamiento sucumbe ante la gritería, y por eso, entre otras razones, vivimos sin reflexión. Pero en el mundo del pensamiento se encuentran las respuestas. Por eso el viejo y escéptico Cioran apareció esta tarde para sintetizar lo que el escenario exhibía: “Cuando uno no puede librarse de sí mismo, se deleita devorándose”. La hija de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos no pudo librarse de esas atroces paternidades, repitió el guión, se devoró a si misma y encontró el mismo destino. Los tres habitan el encierro tras haber estado en las cumbres del poder, siempre efímero aunque parezca eterno cuando acontece.j

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