Quienes demandan, no sin razón, una re ingeniería (re diseño radical y re concepción fundamental de los procesos, con el fin de de elevar la eficiencia, la eficacia y la productividad) del sistema educativo, deben definir por dónde comenzar estos cambios. En efecto, uno de los indicadores más preocupantes son los bajos y reiterativos resultados en las pruebas de comprensión lectora, los cuales exigen nuevos paradigmas.

Hagamos un poco de historia vivencial. Algo que marcó nuestra infancia y nos enrumbó hacía el mundo de la lectura fue el estímulo de nuestros padres. Hasta hoy recuerdo claramente las historias que nos contaba mi madre, allá en nuestra casa del campo (que era la única que teníamos). Cada cuento de aquellos afiebraba nuestra imaginación, convirtiéndonos en voraces demandantes de más historias.

Mas tarde, en la primaria y en los primeros años de la secundaria, ante la ausencia de una biblioteca, comenzamos a leer los pocos libros que mi padre compraba, pero nunca terminaba de leer. Bastaba mirarlo leyendo en la mecedora algunas tarde para desear imitarlo. Recuerdo haber releído con temprano entusiasmo dos libros que, supongo, fueron de los primeros de los hoy llamados de auto ayuda. Me refiero a “Cómo hacer amigos e influir en la gente” y “Cómo dejar de preocuparse y empezar a vivir“, ambos de un olvidado Dale Carnegie.

Más tarde ya en la ciudad, debo especial gratitud a la señora Anahí Baylon (a quien Piura debe un gran homenaje por su indesmayable y fecunda labor en la Biblioteca Municipal). Fue ella quien me sugirió muchos de los libros que leía con ansiedad para luego comentarlos con ella en su oficina. Estos textos hoy son mis fieles compañeros de cabecera.

El tema detrás de estas historias es lo fundamental de contar, en la niñez y en adolescencia, con personas que cumplan el rol de fomentadores de la lectura. No se trata de que nos encarguen leer autores que ellos desconocen, sino que nos contagien su entusiasmo y su pasión por las letras. En consecuencia, es el hábito de la lectura la condición sine qua non para desarrollar la comprensión lectora, y éste debe inculcarse desde los primeros años.

Insisto. Siendo el bajo nivel de comprensión lectora un problema estructural, es difícil obtener mejoras sustantivas en el corto plazo. En este sentido, se exige en nuestra región, un gran programa de capacitación en la materia, a cargo de los mejores literatos y pedagogos de nuestra región, y eso significa que posean la fecunda pasión por la lectura, así como por su enseñanza.

Sin embargo, ninguna capacitación funcionará si no cambiamos el enfoque de los entes educativos intermedios. Aunque parezca utópico, imagino a los especialistas de la DREP, y de las Ugeles, acompañando a los docentes de todas las instituciones educativas (leyendo con ellos); en lugar de limitarse (en algunos casos) a meros fedatarios de la existencia de la documentación curricular (programaciones, unidades, planes de clase, etc.). Debe optarse `por un trabajo fluido y reflexivo, antes que por uno punitivo.

Luego, hay un enorme trabajo que realizar con los padres. Quizá no logremos generar el hábito de lectura en ellos, pero al menos podemos entrenarlos para que conversen con sus hijos, para que les cuenten las historias que a ellos les contaron.

Definitivamente es de consenso general que los cambios más profundos y sostenibles pasan necesariamente por el involucramiento activo de la triada: estudiante – docente – padre de familia. Finalmente, y también hay consenso al respecto, no puede existir otra oportunidad que el momento actual. Si no queremos que la prosperidad, como en otras épocas, sea efímera; debe basarse en la transformación educativa. Por ello, nunca debemos olvidar que el fin supremo de la educación es formar mejores seres humanos, y la lectura ayuda enormemente.

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