“RESPETENSE Y AMÉNSE A SÍ MISMOS, VALOREN SU VIDA”

Por segundo día consecutivo, el Coliseo Salesiano Don Bosco se vio repleto por la presencia de cerca de 6000 jóvenes escolares y universitarios que se dieron cita para participar del especial Encuentro con la líder Pro Vida Internacional Patricia Sandoval, joven norteamericana, quien a los 19 años tuvo la fatalidad de abortar 3 veces y llegó a trabajar en una de las empresas abortistas más grandes del mundo: Planned Parenhot (IPPF), lugar donde conoció lo que pocas personas se atreven a decir de este negocio de la muerte, “la verdad de la barbarie del aborto”. Patricia compartió su conmovedor testimonio ante la escucha atenta de los cientos de jóvenes participantes.

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“RESPETENSE Y AMÉNSE A SÍ MISMOS, VALOREN SU VIDA”
Multitudinario encuentro juvenil con Patricia Sandoval
Por segundo día consecutivo, el Coliseo Salesiano Don Bosco se vio repleto por la presencia de cerca de 6000 jóvenes escolares y universitarios que se dieron cita para participar del especial Encuentro con la líder Pro Vida Internacional Patricia Sandoval, joven norteamericana, quien a los 19 años tuvo la fatalidad de abortar 3 veces y llegó a trabajar en una de las empresas abortistas más grandes del mundo: Planned Parenhot (IPPF), lugar donde conoció lo que pocas personas se atreven a decir de este negocio de la muerte, “la verdad de la barbarie del aborto”. Patricia compartió su conmovedor testimonio ante la escucha atenta de los cientos de jóvenes participantes.
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Al iniciar su mensaje, Patricia les compartió a los jóvenes presentes la realidad de su familia en los años en los que se inició su drama con el aborto: “No teníamos a Dios en nuestra familia. No orábamos como familia, mis papas no oraban como matrimonio. Como no había bendición se separaron, se divorciaron. Yo tenía doce años, y fue algo muy doloroso para mí. El hecho de tener a mi familia desunida todavía me afecta un poco siendo grande”. Patricia comenzó a ejercer de “madre de familia”, ocupándose de su padre y de su hermano pequeño. A cambio, su padre le daba mucha libertad para salir de casa y ningún horario para regresar: “Mi papá se convierte en mi mejor amigo y yo me convierto en la mamá, en la mamá de mi hermanito. Empecé a cocinar, a limpiar y a todo. No había disciplina en mi casa, mi padre me dejaba hacer lo que yo quería: me dejaba salir, llegar a la hora que yo quería. Tenía muchísima confianza conmigo. Entonces ahí es donde comienzo a faltar contra la castidad”.
En otro momento los conminó a no dejarse engañar por lo que este mundo nos presenta como “común”, sino más bien a ser fuertes y saber vivir correctamente cada etapa de sus vidas respetando siempre su dignidad de hijos de Dios: “Yo empecé con diecinueve años de edad practicando el sexo seguro. Y falló. Falló el sexo seguro. Entonces salgo embarazada, también a los diecinueve años. Yo no sabía que en el amor verdadero se esperaba, que en el amor verdadero se sacrificaba. Yo me dejaba ir por los placeres, me dejaba ir por las pasiones. Con el primer embarazo no deseado mi reacción fue llorar largamente, porque tenía muchísimo miedo. Miedo a qué iba a ser, qué iba a decir mi papá, qué es lo que iba a decir la familia de mí, qué iban a decir de mi pobre padre, lo voy a dejar en vergüenza, mi cuerpo va a cambiar, no voy a poder lograr mis metas, mi carrera, mis estudios, mi vida se va a terminar aquí. Al principio decidí tenerlo porque mi novio lo quería tener y me daba su apoyo. El apoyo de él me ayudó mucho al principio del embarazo. Después de eso, volvió a entrarme el miedo. El miedo porque soy muy chica, no es el tiempo, no me conviene ahora. Y todo viene a raíz del miedo. Pero todo era también egoísmo. Finalmente, y a escondidas de mi novio, decidí abortar y me decía a mí misma «Bueno, no voy a llorar. Soy fuerte. Son cinco minutos. No es nada, es una vuelta de células. Todavía no es un bebé». Entonces yo decidí dominarlo, dominar el aborto, dominar todo. Y me hice la fuerte. Por eso, después del primer aborto, no derramé ni una lagrima, nada. Pero sí me afectó mucho mi mentalidad y mucho mis emociones porque me sentía vacía, me sentía triste.
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Les relató también los graves efectos físicos y psicológicos que dejaron en ella los abortos a los que se sometió, reconociendo que esos abortos le endurecieron el corazón y le produjeron serios daños a nivel emocional. A su novio le dijo que había sido un aborto espontáneo. Y fue testigo de cómo afectó a su novio la pérdida de este bebé y cómo sufría él los síntomas del síndrome postaborto. Poco después, Patricia se descubre de nuevo embarazada: “El tercer embarazo fue de que no puedo creer que caí, no una ni dos, sino tres veces que me quedo embarazada. ¿Cómo es posible que en año y medio me quedo embarazada tres veces? No entendía por qué me fallaban los anticonceptivos, por qué no funcionaban si esto supuestamente era el sexo seguro. Y esta vez ya no quería sentirme culpable. Esa conciencia que me decía “traidora”, esa conciencia que me daba vergüenza de que hubiera abortado. Ya no lo quería hacer sola. Entonces esta vez me llevo a mi novio -a la fuerza- y cuando veo la reacción de él, cuando veo que él se pone a llorar durante el aborto, que él tenía miedo, que él quedó muy afectado y yo no. Yo era una piedra. Yo no me sentía mal, no me sentía triste. Me daba pena y me sentía culpable, pero no podía derramar ni una lagrima. Y cuando veo que él sí podía llorar ese aborto, ahí me doy cuenta: ¿Qué pasa con mi corazón? ¿Desde cuándo se hizo tan frio, tan duro? ¿Por qué él sí puede llorar una perdida, un aborto, y yo no, cuando yo soy la que estoy abortando? Después de ese tercer aborto, quería olvidarme de mi novio, quería olvidarme de todo. Quería enterrar esos abortos en lo más profundo de mi ser, y nunca decirle a nadie, y nunca hablar de ellos. Entonces, después del tercer aborto, dejo a mi novio y me mudé a otra ciudad”.
En aquel momento, decidió que quería “ayudar a las mujeres”, por lo que entró a trabajar en una clínica de Planned Parenthood. A pesar de no tener experiencia médica, fue contratada como asistenta sanitaria bilingüe, ya que muchas de las clientas eran de origen hispano: “Me pagaban muy bien, el sueldo era el triple que el de mi trabajo anterior. Me explicaron también que debía hacer de todo para convencer a las mujeres de que abortaran. Si tenían miedo, les debía dar seguridad para que no se echaran atrás. Me entrenaron para engañar a las mujeres evitando las palabras mamá, papá. Pero, sobre todo, debía evitar la palabra bebé; les decía que era una bolsa de células, una cosa. Así asistí a mi primer aborto como asistenta sanitaria. Era el de una joven que estaba de tres meses. Yo tenía que encontrar, después del aborto, las partes de los bebés. Cuando terminó la intervención, fui a la parte trasera del consultorio, donde conté las partes del cuerpo del bebé que habían extraído. Sin embargo, lo que esperaba que fuera una bolsita de células eran partes de un cuerpo humano ya bien formado”.
Con la autoestima por los suelos, comenzó a salir con un drogadicto que la inició en el consumo de cocaína, metanfetaminas y crack. Cuando terminó esa relación destructiva, se quedó en la calle, completamente sola y abandonada. Tenía 22 años. Mientras lloraba en una cuneta, una joven se acercó a ella y le dijo: “Jesús te ama”. Era la camarera de un bar cercano, que, después de invitarla a comer, se ofreció a llevarla a casa de su padre, a quien hacía más de tres años que no veía: “Llegué a su casa. Mi padre abrió la puerta y me encontró hecha un esqueleto. Le pedí perdón y me acogió”. En ese proceso de perdón, Patricia confesó sus abortos, pero aún sentía un profundo dolor por lo que había hecho. Había sanado su cuerpo al dejar atrás las adicciones, pero en su alma todavía no habían cicatrizado sus tres abortos. Finalmente, se decidió a participar en un retiro de Rachel’s Vineyard (Proyecto Raquel, en España), su momento de conversión. Cuenta que llegó al retiro sintiéndose una asesina que abortó a sus tres hijos y salió sabiéndose madre de tres hermosos bebés que Jesús y María cuidan mientras la esperan para encontrarse con ella, un día, en el Cielo. Entonces les prometió que, en su honor, haría todo lo posible para defender la vida. “Yo no tenía el plan de contar mi experiencia, porque todavía me da mucha vergüenza, pero con ella animo a muchas mujeres a sanar sus abortos y a prevenir a los jóvenes para que se respeten y se amen a ellos mismos y, sobre todo, para que valoren la vida”.
Al finalizar, nuestro Arzobispo dirigió unas palabras de agradecimiento a Patricia Sandoval y le hizo entrega de un presente en nombre de todos los jóvenes de Piura y Tumbes. Luego todos juntos rezaron el Acto de Consagración de las Familias y la Vida a Nuestra Señora de las Mercedes.

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